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Cuando la realidad me golpea me siento como un idiota puesto al descubierto. Como el loco que victima de su imaginación ha caído de la nube donde soñaba con ángeles y reinas.
Cuando es la imaginación quien me golpea me siento como un autómata. Una máquina cuya única finalidad es la de producir cosas. Cosas que me imagino tendrán algún significado e importancia para alguien, pero para mi carecen de ambas cosas, de manera absoluta en ese momento.
Ambos golpes se agradecen. Me recuerdan que hay algo más que la oscura habitación en que me encuentro en ese momento. Y si el golpe tiene la suficiente fuerza el tiempo que tardo en recuperarme me permite perderme en los detalles de los pasillos entre una habitación y otra.
Los golpes me recuerdan que estoy vivo, pero que debo demostrarlo. Que debo olvidarme de los absolutos sin olvidar vivir con intensidad. Que debo ser muchas cosas para poder ser yo de nuevo. Que debo buscar mucho para no encontrar nada y dejar de buscar para encontrar hasta lo que no quería hallar.
